Organizaciones latinoamericanas y el nuevo equilibrio de poder

Publicado por: maria.vargas el Mié, 21/10/2020 - 17:25
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Por: Gabriel Jiménez.
Gabriel Jiménez

En América Latina las Organizaciones Internacionales han sido el resultado de una evolución histórica del pensamiento político y la economía política internacional. Desde el Siglo XIX, grandes pensadores de la filosofía política tenían la visión integracionista basada en el propósito de mantener a los pueblos unidos. La Gran Colombia fue uno de esos proyectos que permitía mantener a partir de procesos sociales, la unificación de agentes y estructuras basadas en valores, normas, reglas e identidades. 

Sin embargo, la misma unificación propuesta terminó fragmentando los procesos sociales que reconocían tener una visión estratégica de la unión de los pueblos. Ante el inminente fracaso que tuvo dicho proyecto, los pueblos mantuvieron su enfoque de desarrollo bajo la autonomía misma que estos generaban desde su soberanía, dejando de lado la posibilidad de poder avanzar en el desarrollo de las naciones a través de lazos de cooperación e integración. Varios han sido los procesos que se han podido tener desde aquel momento hasta la fecha; donde el efecto ha sido prácticamente el mismo. 

Durante el Siglo XX se impulsó de nuevo la idea de mantener nuevas organizaciones internacionales en la región debido a procesos internacionales como el europeo, donde la proyección de “supraestados” o “supranaciones” demostraba el avance económico y social de los países, dando a entender que se podía obtener el bienestar social en las naciones. Esta idea fue tomada en la región latinoamericana de forma inmediata y paralela, pues se comenzó a impulsar desde comienzos de siglo y con mayor fuerza a finales de este, organizaciones de integración como el Parlamento Latinoamericano (Parlatino), el Comité Intergubernamental Coordinador de los Países de la Cuenca del Plata (CIC Plata), la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), la Comunidad Andina (CAN), el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), la Comunidad del Caribe (CARICOM), el Mercado Común del Sur (Mercosur) entre otras.

Esta nueva perspectiva pudo determinar que la integración regional era un camino viable para poder generar riqueza entre las naciones, pues sus ventajas competitivas eran ahora una herramienta que consolidaba su participación en el Sistema Internacional basado en el Liberalismo económico. Y que mejor forma de poder hacerlo que mediante los países vecinos o “aliados”. 

Entrado el Siglo XXI, el fortalecimiento de las organizaciones que se habían diseñado y creado para el avance de los pueblos, comenzaron a tener cambios y transformaciones de fondo debido a la evolución del pensamiento político en la región. La llegada del socialismo del siglo XXI impulsado por Hugo Chávez y liderado hoy por Nicolás Maduro hizo posible que los procesos de integración tuvieran un mayor impacto en la imposición sistémica de valores y normas propias del interés nacional de un Estado. Esta nueva mirada que se presentó en la región hizo evidente la creación de organizaciones que eran más destinadas a crear proyectos políticos personales o de interés nacional – ratificando el paradigma realista de las relaciones internacionales- que una vista estratégica de unión de los pueblos – basada en el liberalismo institucional –. 

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) habían tomado fuerza como proyectos políticos de izquierda que proveían un cierto grado de bienestar social en la región. No obstante, la consecuencia de esta proyección estratégica no fue más que la disrupción interna de las sociedades y la amenaza al proceso de democratización en la región. 

Hoy día podemos ver cómo la ausencia de estas organizaciones ratifica la pérdida de influencia sobre la región y en derivación a esta, una reedificación del equilibrio de poder. Las organizaciones tomadas como proyectos políticos que magnifican el interés nacional dejaron su protagonismo a un lado cuando los gobiernos de estos mismos espectros comenzaron a caer uno a uno. La balanza de poder se volvió a inclinar entonces sobre el pensamiento político de derecha, donde se han creado y transformado organizaciones, fortaleciendo los mecanismos regionales de integración a partir de la Alianza del Pacifico (AP), el Foro para el Progreso de América del Sur​ (Prosur), y el Proyecto de Integración y Desarrollo de Mesoamérica o Proyecto Mesoamérica (PM). 

Aún manteniendo dicho giro sobre la región, la idea de la “construir una identidad y ciudadanía suramericana y desarrollar un espacio regional integrado” sigue siendo uno de los principales retos y desafíos que tiene la región. Ante esto, aún no es claro el panorama que depara el futuro cercano de la región, pues el equilibrio de poder no ha traído retribuciones progresistas para el desarrollo, y ni la ideología política tradicional está cerca de lograrlo. Mantenemos conflictos de menor intensidad entre las naciones y la diplomacia aún no juego el rol esperado en una región que se sigue democratizando.